El tiburón de 12 millones de dólares

Posted by on 18 Junio 2010

La curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas
Don Thompson (Ed. Ariel)

Mucho y en muchos sitios se discute si la publicidad es arte. Vale, es cierto que los publicitarios nos alimentamos del Arte, como de muchas otras cosas, lo regurgitamos y luego lo expulsamos en forma de campaña o, a veces, de cagada (con perdón)

Y hasta ahí. Creo que tenemos, o deberíamos de tener, mucho más de artesanos que de artistas.

Pero el debate que plantea este libro le da la vuelta a la tortilla. Y lo que se pregunta (bueno, preguntarse se pregunta poco) es si el Arte, sobre todo el contemporáneo tiene mucho de publicidad, de marketing, de branding.

Sólo así se entiende que un banquero multimillonario invierta 12 millones de dólares por el cadáver de un tiburón descomponiéndose dentro de una tinaja. Que un lienzo lleno de gotas de colores se venda por 140 millones de dólares o que una chaqueta de cuero abandonada en una esquina se subaste por la suma de 690.000 dólares.

Artistas-marca, casas de subastas y galerías-marca, coleccionistas-marca (como Charles Saatchi, otra vez la publicidad) y museos-marca, Thomson hurga en los secretos económicos y las estrategias de marketing que impulsa al mercado a producir los precios astronómicos a los que se cotizan las obras de los grandes artistas, desde Basquiat a Koons, Tàpies o Jasper Johns.

La trastienda del mercado del arte nos recuerda que en el arte contemporáneo, como en tantos otros campos, la línea que separa la cultura y el negocio es difusa pero clara.

Comments

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  1. En mi opinión…

    La línea que separa la cultura y el negocio es difusa, pero más difusa me parece la línea que separa el arte de la propouesta que pretende ser arte, pero que puede ser eso o tomadura de pelo.

    No soy un experto en la materia, pero varios paseos por ARCO me han hecho pensar que hay mucha gente que pretende forrarse a coste de hacer cosas llamativas, pero no arte. Insisto, en mi opinión; pero es que hay muchas cosas que sí me parece que están hechas por un artista (aunqnue sea un excéntrico), y no por alguien excéntrico a secas (o que pretenda serlo, sin llegar ni a parecerme un artista).

    Pero lo que sí tengo claro es lo que la publicidad tiene de arte. La ‘venta’, el ’servicio de’; o lo que es lo mismo, una agencia vende la puesta al servicio de un cliente el arte de crear piezas para él y que cumplan un objetivo concreto, el arte de crear estrategias que ayuden a construir marca, el arte de crear nuevos soportes, etc…

    El arte a secas es algo que un artista propone y expone, y su precio lo marca lo que alguien esté dispuesto a pagar por esa pieza.

    La publicidad es arte como respuesta a una necesidad; y el precio suele ser muy bajo para el coste que tiene. Por poder ser ultrajado, por no ser considerado como tal, y porque cuando las cosas ya están hechas es cuando parecen fáciles.

    (Sorry por la brasa…)

  2. De brasa, nada, Jaime.

    Creo que el meollo del libro está en tu frase “lo que alguien esté dispuesto a pagar por esa pieza”. Ya no se trata de comprar algo porque me provoca algún tipo de sensación, porque me gusta o porque “me pone”. Por un lado está la inversión pura y dura y por el otro, compro esto porque lo vende Gagosian, porque lo ha comprado Saatchi o porque lo subasta Shoteby. Habla de la inseguridad de los compradores, que quieren tener “lo mejor” pero no saben qué es “lo mejor” y tienen que esperar a que lleve alguna de las etiquetas anteriores.

    Si te gusta Warhol y tienes pasata para pagártelo, perfecto. Si lo que quieres es que cuando alguien vea tu Warhol en el salón calcule automáticante la pasta que te ha costado, ergo, lo rico que eres y que, además no de descojone de ti por haber puesto una pila de caramelos en una esquina… eso es tirando a triste.

    Y en cuanto a la publicidad, me gusta más el término “artesanía”: “trabajo realizado de forma manual por una persona sin el auxilio de la energía mecánica, en el que cada pieza es distinta a las demás, diferenciándolo del trabajo en serie o industrial”

  3. “El mercado es una tormenta perfecta de palabrería, interpretaciones sesgadas y especulación, una combinación de mercado de esclavos, parqué de bolsa, discoteca, teatro y burdel, donde una casta cerrada y cada vez más numerosa celebra unos rituales en los que los códigos de consumo y distinción se manipulan a la vista de todos”

    Jerry Saltz, cítico de arte.

    Aunque ahora que lo leo… no, no, nada.

  4. Pues sí, al final la gracia está en que hay gente que paga una pasta por algo que cree que dice algo de él.

    Y a partir de aquí, la vara de medir empieza y acaba donde queramos… desde unas zapatillas de deporte, pasando por una cazadora, unas gafas de sol, un coche… un tiburón de 12 metros.

    Por cierto, cojonudo lo de la publicidad como artesanía; lo malo es que hay quienes se empeñan en medir, testar, analizar, despedazar, racionalizar… Supongo que estos son los que en su casa tienen como expresión artística un ficus y un cuadro de Ikea con un bebé dentro de una cesta.

    :)

  5. Si Marcel Duchamp y Salvador Dalí levantarán la cabeza le darían una colleja bien merecida a Damien Hirst & Cia. por lo mal que siguen utilizando los recursos artísticos que ellos crearon y explotaron (Dalí sobreexplotó) en su momento.
    Pero claro, para entender a Hirst y sus camaradas no hay que olvidarse que fueron los pollitos de Saatchi, que supo aplicar de maravilla las estrategias publicitarias al mercado del arte. Hirst no es un artista, es un vendedor de humo muy inteligente y hábil rodeado de pseudo-coleccionistas pedorros. Tan hábil que es capaz de colocarles por cifras astronómicas sus “propuestas” (ya sean un bicharraco en un tanque de formol o recubriendo con diamantes una calavera, ¡vaya pirata!).
    Sobre la publicidad y el arte, siempre he defendido y defenderé que los creativos publicitarios pueden y deben servirse de los recursos procedentes del arte (como bien dice Óscar, la publicidad toma préstamos de todo, es como dice Raúl Eguizabal, el agujero negro de la cultura). Eso sí, siempre que lo hagan con respeto, es decir, con inteligencia creativa. Cuando veo piezas publicitarias que sólo utilizan referentes artísticos de forma gratuita me vienen ganas de vomitar.

  6. “El agujero negro de la cultura”

    Bonita definición.

    No sé si le darían una colleja o asentirían orgullosos ante las proezas de un discípula avanzado. Al menos Dalí. Duchamp sí fue un verdadero provocador, el resto no han pasado de intentar superar al maestro. y, claro, si él empieza con un inodoro, los pasos siguientes vienen marcados: pintar cuadros con orina o enlatar mierda.

    Seguramente Dalí fue el primero en aplicar el marketing de una forma totalmente nueva. O, traducido al mundo publicitario, el marketing de la propia agencia sobre el del producto a vender o sobre el branding de su cliente. Me explico, el Arte ha sido utilizado desde sus inicios como elemento de venta (qué si no son la Capilla Sixtina o los retratos de notables) pero, a partir de este momento está al servicio de su creador (no de un “cliente”, o mecenas, o pagano), de su mayor gloria. Digamos que no hay briefing ni objetivos de comunicación. Lo que hay son obejtivos de venta.

    Warhol y su “factory” no hacen más que aplicar el sistema no ya de Ford, si no el de los viejos maestros y sus talleres, pero en este caso no a mayor gloria del Dios del Cielo, si no del de TriBeCa. Hirsch es un “producto” de Saatchi pensado para mayor gloria de Saatchi y de la cuenta corriente de Saatchi.

    Y, lo pero de todo es que funciona.

    En cuanto al uso respetuoso (o mejor, con inteligencia creativa) del arte por parte de la publicidad, totalmente de acuerdo. Y entendiendo Arte como pintura, música, cine, fotografía… lo demás, vómitos creativos (o mierda enlatada)

  7. Aquí va la cita de Eguizábal, que lo bueno hay que citarlo: Raúl Eguizábal (2007). Teoría de la publicidad. Madrid: Cátedra, p. 142.
    Por cierto, a diferencia de Hirst, Piero Manzoni no engañaba a nadie enlatando su propia mierda. Hirst “enlata mierda” pero con la inteligencia que no lo parezca para los compradores. Ojalá en un futuro no muy lejano se acabe descubriendo el pastel y se tiré su obra al urinario de la historia.

  8. Creo que nunca te van a llamar para comisariar un exposición de Hirst :-)

    En efecto, Manzoni embotaba su propio producto y HIrst tiene una “factory” al más puro estilo warholiano, limitándose a dirigir los proyectos y darles el toque “maestro” (nunca un sólo técnico trabaja en una única obra)

    Hay una reflexión que plantea el libro. El tratamiento del famoso tiburón se hizo muy mal y se está deteriorando sin remedio. Hirst encargó tres nuevos ejemplares a su provedor de tiburones con el objetivo de sustituir el estropeado por uno nuevo y, ya de paso, hacer otras dos variaciones sobre el mismo tema. Y claro ¿el tiburón suplente es una nueva obra?¿una evolución de la anterior?¿es lícito hacerlo?¿si se ha pintado un cuadro con orina y el artista y su próstata ya no están presentes, hay que buscar un donante o el artista debe de preocuparse de dejar congelada una cantidad suficiente para asegurar futuras restauraciones? ¿si los caramelos de González-Torres caducan, se apachurran con la caló o mi hijo se come uno porque no soporta la tentación, cambia el significado de la obra?

  9. Yo creo que lo que Hirst pedía a su proveedor era un follow-shark…

    …pero a ver quién tiene huevos de ir a cazar otro!!!

    :)

  10. Es que a mi los tiburones me gustan en escabeche, ¡qué soy de Bilbao! (bueno, en realidad no, pero soy de un sitio a unos pocos miles de metros).
    Óscar, si preguntases eso a los restauradores de obra contemporánea te escribían libro y medio. Me temo que si lo saben antes de empezar la diplomatura se apuntan a macramé.
    Por cierto, Damien, si tienes lo que hay que tener da la cara…

  11. Yo sí que secundo eso de que el arte contemporáneo tiene mucho de marketing. Es una segunda versión de la bolsa para magnates y millonarios.

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