Alma, María, alma.

Posted by on 17 Marzo 2014

Este post es una mezcla de tres, dos que no escribí, uno por no encontrar palabras que añadir a la fuerza de unas imágenes y otro porque, porque… bueno, juzga tú mismo.

Pero este viernes estuve viendo “Las maestras de la República” y esos post concebidos y no nacidos me explotaron en una butaca de los Principe.

Las imágenes de las que te hablo son las de una exposición de Catalá-Roca, fotos que huelen a col y Varón Dandi, a incienso y a tristeza. Una España en la que la Casa de Bernarda Alba era todas las casas y se velaba a un Mario en cada salón comedor. Apenas dos o tres primeras fotos de mi vida fueron en ese blanco y negro, soy más hijo de la Instamatic de naranjas saturados, pero a nuestros padres les costaría mucho más sacudirse ese película de nocolor y arribaespaña, por mucho que llevasen pata de elefante y mariconera.

La otra es un artículo que se titula “pasión de pedagogos o amor por el conocimiento” de un tal Alberto Royo. Una reflexión maniquea que viene a decir que hay que elegir entre enseñar con pasión o tener conocimiento de lo que enseñas. Como si no fuesen compatibles. Como si no tuviese que ser la capacidad de comunicar un valor intrínseco de un docente. Como si no hubiese sido gracias a esos apenas dos o tres profesores de aquél colegio de curas que uno encontrase cierto sentido a aquél sinsentido. Como si Ken Robinson no hubiese dicho, ni escrito, nada.

Pensaba que ignorarlo era lo mejor que podía hacer. Pero este viernes, frente a “Las maestras de la república” he decidido que no. Hay una frase que se repite a lo largo del documental “Alma, María, alma” y que recoge la pasión por enseñar, por la libertad, por el conocimiento, por esa, otra, oportunidad perdida que tuvimos de no ser los lentos en esa Europa de dos velocidades. Por algo que se llamó Institución Libre de Enseñanza, por Josefina Aldecoa y su “historia de una maestra”, porque jamás perdamos la memoria histórica, y, porque si todos viésemos ese documental quizás fuésemos una sociedad un poco más comprometida, lo que quiere decir una sociedad un poco mejor.

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  1. Estimados señores:

    Soy “el tal” Alberto Royo, autor del artículo “Pasión de pedagogos o el amor por el conocimiento”, que tachaban ustedes de maniqueo. Les escribo con la única intención de aclararles algo que parece malinterpretaron (o quizás yo no me expliqué con acierto): en ningún momento planteé en el texto referido una elección entre enseñar con pasión o tener conocimiento de lo que se enseña, como exponen en esta entrada de su blog. Lo que hacía en mi artículo era denunciar la obsesión por lo afectivo, la venta de extravagancias educativas en nombre de la innovación, la confusión de la seriedad en el trabajo con la falta de pasión. Además, defendía que la pasión no puede ir por delante del conocimiento (”solo quien domina lo que ha de enseñar puede llegar a transmitir pasión por ello”). La tesis, por lo tanto, no era que la pasión fuera irrelevante, sino que, a la hora de enseñar, depende en gran medida del conocimiento.

    Atentamente,
    Alberto Royo.

  2. Alberto,

    Encantados de que pases por aquí para ofrecernos tu visión y, por supuesto, tu aclaración.

    El tema es apasionante y tal vez exposiciones como la de Catalá-Roca y películas como “Las maestras de la república” pongan sentimientos a flor de piel. Precisamente en el caso de las maestras, el ejemplo de unión entre pasión y formación es patente.

    Muy posiblemente estés en lo cierto cuando antepones conocimiento a pasión, sobre todo si lo tratamos de manera objetiva. Pero tal vez también haya muy poco de objetivo en esto de la educación (y no digo que no debiera de haberlo). En mi caso, me han marcado más profesores con pasíón que profesores con conocimientos (partiendo de un nivel “mínimo” de conocimientos. Lo ideal, lo maravilloso, sería tener grandes conocedores que enseñansen con pasión y fuerza (algo que, tal y como van las cosas, cada vez me parece más difícil).pero hay muchos docentes que dominan lo que han de enseñar, pero no son capaces de transmitirlo.

    Uno proviene de una educación nacional-católica que, a partir de los 10 ó 12 años pasó a ser “sólo” católica. Y seguramente eso nos ha inclinado a una generación de padres a la “obsesión afectiva y a las extravagancias educativas” y es muy posible que, una vez más, el equilibrio sea la mejor opción.

    Si te has movido por este blog, habrás comprobado que nos dedicamos a la comunicación, y esa es otra de las razones por las que damos tanta importancia al saber comunicar, al saber transmitir conocimientos.

    En cualquier caso, el debate es tan largo como interesante.

    Un abrazo.

  3. Un placer.

    Desde mi experiencia, sin conocimiento, la pasión no basta para enseñar. Desde luego que lo ideal es un perfecto equilibrio, pero lo que yo defiendo es que un profesor que tenga muchos conocimientos pero poca pasión tendrá más posibilidades de éxito en su labor que uno que rebose pasión pero sepa poco. Que la pasión es importante no lo dudo. Como muestra, dejo aquí el enlace a otro articulo en el que hablaba sobre ello y señalaba trestres cualidades de lo que yo entiendo que es un buen profesor y que deben darse en este orden: conocimientos, pasión por su materia y empeño por transmitir esos conocimientos :

    http://profesoratticus.blogspot.com.es/2013/02/ser-profesor-conocimiento-pasion-y.html

    Un cordial saludo.
    Alberto Royo

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