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Los Miserables. Puro folletín.

Posted by on 4 Enero 2013

Por esta misma bahía de Pasajes desde la que ahora escribo pasó una vez el gran viajero que fue Víctor Hugo.

Unas veces por destierro y otras muchas por el placer de conocer y de escribir y dibujar lo conocido en sus moleskines del siglo XIX, recorrería Europa recalando en “este humilde espacio de tierra y mar, que sería admirado si estuviera en Suiza; que sería célebre si se hallara en Italia, y que es desconocido porque se encuentra en Guipúzcoa

Corría el año 1843 y faltaban todavía diecinueve años para que se publicara “Los Miserables” y ciento cincuenta más para que se estrenase la película de Tom Hooper

Muchas barricadas se han alzado desde entonces, muchas han caído y otras se han vuelto a levantar, muchos han muerto por sus ideales y muchos otros se los han pasado por el forro de los cojones, o del traje gris marengo. Mucho ha llovido hasta llegar a “la que está cayendo”

Porque, si hay cosas que no cambian, las personas aún menos.

Iremos más limpios por fuera, más aseaditos, nuestras calles olerán mejor, nuestros pobres no cortarán cabezas, pero nos movemos por lo mismo que se movieron nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos… y así hasta Lucy.

Somos más básicos de lo que pretendemos ser, menos racionales.

Quizás por suerte.

Y nos siguen emocionando las mismas cosas que nos han emocionado desde que las historias se contaban junto al fuego.

Puedo ponerme gafapasta y hablarte de las raíces de los cuentos (#storytelling lo llamamos ahora, así con hashtag, que mola más), de los arquetipos, del bueno-bueno, del malo, de héroes y villanos… pero eso sería demasiado racional.

Y en Los Miserables no hay nada de eso.

NI falta que hace.

Hay Emoción y Fuerza, hay lucha entre el Bien y Mal,

Hay “folletín”, bonita palabra que ha caído en deshuso y que hoy rezuma cierto aire despectivo. Pues no te olvides de que, al calor del folletín (de folleto, cuadernillo que se publicaba junto con el periódico y que contenía una historia por entregas), además del acercamiento de la literatura al pueblo, crecieron Victor Hugo, Balzac (“El vientre de París” tiene una de las mejores descripciones de un mercado central que he leído jamás) Dumas con sus mosqueteros y su Conde de Montecristo, Flaubert y la Bovary, Stevenson, Dickens, Salgari con sus piratas de Mompracen, Dostoievski, Galdós, Collodi y Pinocchio…

Uno no es seguidor de banderas, sabiniano de Joaquín y marxista de Groucho, más de ni Dios ni patria ni rey que de otra cosa, pero me sigue emocionando escuchar La Marsellesa en el café de Rick (qué tendrá el francés, que hace que los ideales sean aún más ideales y los susurros aún más calientes) y se me pone “la carne del alma de gallina” cuando escucho

Joder, es que te dan unas ganas de ir a las barricadas.